Una confrontación valiente

por Isaac Sainz | 8 nov, 2018

La trata de mujeres en México reporta uno de los más lucrativos negocios del crimen organizado. Es un problema relacionado directamente con la pobreza, el rezago educativo, la ausencia de oportunidades y la impunidad. En el ámbito teatral se puede apreciar un creciente número de montajes que abordan el tema en un intento por denunciar los mecanismos culturales que lo posibilitan.

Producida en Nayarit, La Casa de las Amapolas pone de relieve la importancia del imaginario social en la promoción de principios, valores y costumbres machistas que dan lugar a la esclavitud sexual. La puesta en escena, que ha dado cerca de treinta funciones en distintos marcos, es la ópera prima de la compañía La Comuna Teatro fundada en junio del 2017 por Eunice de La Cruz, quien escribe, dirige y actúa en este trabajo. De la Cruz cuenta con una trayectoria teatral iniciada a los 15 años, que incluye un diplomado en Teatro y otro de Actualización Profesional en Producción Escénica, además de una Licenciatura en Psicología.

Al llegar a la función en el Teatro Benito Juárez, el público se encuentra con la protagonista llamada Inés sentada en su catre y con un cigarro encendido en la mano. Lleva un vestido provocativo, peluca y un cargado maquillaje. Los espectadores se sientan en las butacas en la sala y otros suben a la gradería a los lados del escenario. Pronto comienza a surtir un efecto envolvente la cercanía, el estado meditabundo de Inés y el olor a tabaco. A la izquierda está una de esas mesas endebles de cantina, con una botella de licor y otros objetos. El piso se encuentra cubierto por numerosas colillas de cigarro.

La obra cuenta la historia de una joven que vive con su madre —una mujer que tiene que trabajar en horarios muy largos— lo que da lugar a horas de abandono de su hija, quien se relaciona con un sujeto seductor en un principio, pero que al tenerla asegurada la maltrata. La joven decide abandonarlo con la recriminación consecuente de sus amigas. Quizá por despecho, la violenta Morsa —como se llamaba aquel hombre— entrega a la joven a una red de trata de mujeres de la que él forma parte.

Sobre la escena coexisten la violencia, la sujeción, la solidaridad y la ternura, así como el filo del machete, el grito, la agresión física literal, con evocaciones de soluciones metafórica. El planteamiento escenográfico es realista. La estructura narrativa es circular en la que se desarrolla el recuerdo de un modo predominantemente ilustrativo. Hay soluciones poéticas logradas, como la representación de un asesinato con una sábana roja que se rasga o bien el momento en que Inés limpia su habitación con esmero y calma, mientras que La Morsa, su amante y verdugo, en otro plano temporal la ensucia. Acciones como trapear con Pinol y llenar el espacio con su olor, logran imponer la fisicalidad sórdida e impregnante de un jodido cuartucho en los márgenes de la geografía social.

Luego de un buen inicio, la obra se desarrolla con altibajos entre el hallazgo y la monotonía. Hace falta una mayor dominio de la actoralidad. De los tres intérpretes en escena, Eunice es la que tiene mayor presencia y sentido de verdad. El actor que asume el papel de La Morsa (interpretado por Humberto Rochez) se mantiene plano, sin matices, como la actriz que encarna a la madre (Zay Negrete). En los tres hace falta un mayor control de la respiración y de la voz.

La trata de personas no sólo afecta a las jóvenes secuestradas y esclavizadas, sino también a sus familias que sufren el dolor por la pérdida de los desaparecidos. Inés logra escapar de la esclavitud sexual luego de un crimen que no tiene consecuencias. Pero al verse liberada no vuelve con su madre. A ella la vemos en escena manifestarse, gritar el nombre de su hija por las calles, denunciar por todos los medios a su alcance el rapto de su hija. Inés está convencida de que fue por su madre, por los valores que le transmitió, que cayó bajo la crueldad de La Morsa. Una vez liberada por sí misma no encuentra otra forma que continuar prostituyéndose para subsistir, la protagonista cree que será una carga, un estorbo, una vergüenza para su madre por lo que permanece en la sombra, desaparecida.

Si bien este final llama a reconocer cómo los estereotipos y censuras sociales funcionan desde adentro de las personas, abre la puerta a la justificación de que si las mujeres desaparecidas no son encontradas, puede ser porque ellas mismas se ocultan. Algo paradójico en la necesidad imperiosa de denunciar la impunidad y la ineficiencia de las autoridades en un contexto de miles de desaparecidos.

A pesar de las deficiencias del montaje, la mirada de Eunice tiene fuerza, arrojo, una confrontación valiente y un compromiso discursivo que se antoja muy prometedor.

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Créditos de foto:
1. José Jorge Carreón
2. Sebastian Kunold
3. Raúl Kigra

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