Una obra que se devora a sí misma

por Ricardo E. Tatto | 9 nov, 2018

Un tropo es una figura retórica y literaria que cambia una palabra por otra cuyo sentido es figurado. Cronos viene del griego y del latín cronus, se refiere a la deidad del tiempo que en la tradición romana es llamada Saturno. Por ello, no sorprende que la obra Cronotropo esté plagada de referencias astronómicas y científicas, pues el texto de Laura Jiménez Abud aborda de manera lírica y metafórica la relación entre el espacio-tiempo para contarnos una historia de amor y desencuentros funestos.

Pedro (Carlos Ariosto), un hombre solitario, y Luis (Ulises Soto), un chichifo, se conocen quince minutos antes de las ocho, la hora marcada para relatarnos una cita que desemboca en exploraciones poéticas del ser como individuo, su dependencia hacia el otro y cómo ambos, al igual que un buen corte, fusionan carne y grasa a la parrilla. Esta es la propuesta de la compañía Telar Teatro (Chiapas), bajo la dirección de Darwin Castillo.

Por escenografía tienen dos taburetes, una mesita de madera, un refrigerador (todos en rojo) y un cuadro de un infante en llamas. El escenario y sus paredes están recubiertas por una lona plástica de color blanco. La atmósfera aséptica, casi quirúrgica, tiene reminiscencias de la película American Psycho y de otros filmes sobre asesinos carniceros. La obra es musicalizada en vivo por Guillermo Ruiz Long, que con una guitarra y pedales entrega composiciones de música espacial, sutil y abstracta.

“El espacio huele a carne chamuscada, metal caliente y soldadura; esto se debe a la combustión desenfrenada de hidrocarburos aromáticos policíclicos que parecen estar presentes en todo el universo. Claro que el universo es tan grande que no puede saberse con seguridad. Hay un departamento completo de astroquímica en la NASA que se encargó de averiguar a qué huele el espacio… Cuando supe que el espacio huele a bistec mal cocinado, mandé a construir un asador de metro y medio de largo en la azotea de mi casa”.

El diálogo anterior va prefigurando la tesis central del argumento: establecer un símil entre la lujuria y la carne, una metáfora tan obvia como la de la manzana que Luis devora con fruición, donde la reflexión en torno al pecado se vuelve otro lugar tan común como la puesta en escena, que resulta ingenua y predecible. Este tête à tête carece de ritmo; las actuaciones de tan contenidas acaban por volverse monótonas, ya que no exudan lujuria, pasión ni química sobre el escenario. Algo hay de impostado en la anécdota que, a diferencia de la nota roja, no impacta, tampoco sorprende y mucho menos emociona.

Los estímulos sensoriales como el olor de la carne que se fríe en una sartén entre luces azules y púrpuras, no logran enlazarse con una trama donde la antropofagia representa el culmen de la relación amorosa: la necesidad de un ser encarnado en otro. Y aunque el personaje de Luis pretende provocar hastío o rechazo entre los espectadores al repartir unas costillitas entre el público (como si fueran las suyas), tampoco logra su cometido.

Cronotropo es la obra ganadora en la Muestra Regional de Teatro de la zona sur, pero de ninguna manera representa a la región, pues carece de identidad y se limita a reproducir el modelo del serial killer que, como el caníbal Lecter, devora a sus víctimas para tener algo de ellos dentro de sí. El montaje redunda en estos tópicos, pero fracasa en entregar el mensaje. Si acaso, algo que se agradece es su brevedad, 40 minutos que se tornan como la cuarta dimensión: infinita e insondable…

 

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Créditos de foto:
1. José Jorge Carreón
1. José Jorge Carreón

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