Vale más que llores de adentro pa’afuera, porque si lloras de afuera pa’adentro, te inundas

por Edwin Sarabia | 22 nov, 2018

La construcción de la identidad es un proceso complejo que tiene variados matices. México se reconoce como un país multicultural tanto por la cantidad de pueblos y costumbres que nos conforman, como por el sincretismo que poseemos al ser un país colonizado. El norte del país tiene una identidad marcada y muy característica que encuentra sus bases en elementos culturales derivados de su ubicación geográfica, economía y su condición fronteriza con los Estados Unidos.

Radio Piporro y los nietos de don Eulalio escrita y dirigida por Víctor Hernández, quien también actúa en compañía de Roberto Cázares, es una obra que nos lleva por un viaje al interior de la identidad regiomontana, tomando como referente la figura de Eulalio González Piporro, ícono de la cultura popular que ayuda a profundizar en cómo se teje esta filiación en sus miedos, esperanza y vivencias cotidianas.

“Norteños hasta el tope”, como dice una emblemática canción de Cuco Sánchez, la obra dialoga de forma anárquica con un caleidoscopio de referentes que se ven representados en el planteamiento escenográfico con una especie de estaciones que presentan elementos icónicos de esta región como una sábila, arena que simula un desierto, una cabina de radio hecha con láminas oxidadas, cervezas Carta Blanca, pacas de ropa usada, así como la indumentaria de tejana y sombrero que llevan los actores.

La dramaturgia se desarrolla mediante una biografía ficcional que transita en varias dimensiones, en la que los actores construyen caracteres diversos como un Piporro joven, un Piporro viejo y esquizofrénico y un par de locutores que tienen un programa de radio sobre el mismo personaje. Asimismo es la historia de Hernández que nos cuenta el proceso de locura de su abuelo, al que recuerda con nostalgia y asocia a la figura del Piporro, quien como un Cantinflas norteño, construye su identidad con una interpretación muy personal sobre la realidad. Los actores reproducen en escena la forma de fabular de Piporro con vocación picara y dicharachera, deambulando entre la verdad y la mentira, lo cual permite a la obra encontrar un refugio para tocar con buenas dosis de humor y seriedad temas como la violencia, el machismo, las migraciones y la condición de frontera: “el karma de vivir en el norte, como dice el escritor Carlos Velázquez.

El trabajo en escena es de buena manufactura, destaca la manera en que Hernández y Cázares manejan el cuerpo en una coreografía precisa que genera un ritmo vertiginoso y humorístico, que a la par del desarrollo de un discurso visual permite al espectador sentirse literalmente dentro de un “cuadro norteño”. El juego con la disposición espacial mediante elementos que se disponen en diversos planos del escenario es vasto y atractivo, pero hay elementos con los que no se dialoga a lo largo de la trama. Esto se evidencia en una parte del escenario donde vemos un cuadro construido con un maguey y un radio con cual nunca interactúan los actores.

En suma, la obra cumple con el cometido de regalarnos un momento de respiro ante la repetitiva violencia desde donde suelen abordarse en la actualidad las poéticas que retratan al norte del país. La función presentada en el Auditorio Josefina Lavalle de la Escuela de Danza Regional del INBA dentro de la 39 MNT fue una “cura regia”, donde lo único que faltó fue una carne asada y unas Tecates.

 

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Créditos de foto:
01. José Jorge Carreón
02. Raúl Kigra
03. Sebastian Kunold

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